
La simple observación de nuestro entorno, ampliada por la información que recibimos a través de los medios de comunicación, prueba que siempre existirán personas dispuestas a realizar el trabajo sucio sin pestañear, bien bajo cualquier pretexto del tipo “yo sólo cumplía ordenes” o por una triste compensación económica.
Hará unos pocos meses salía publicada en El País una noticia que daba cuanta de la existencia de un tal Pedro Urraca, policia al servicio de Franco en los tiempos posteriores al fin de la Guerra Civil. Cumplía la misión de perseguir y capturar, en colaboración con la Gestapo y el Gobierno de Vichy, a políticos de la República que habían conseguido huir a Francia. Era un simple trabajador, un policía al servicio del Estado. Un gris, pero eficiente, funcionario encargado de hacer bien su trabajo, sin importarle las consecuencias. Aunque seguramente también orgulloso por motivos ideológicos.
En numerosos países existen y existirán secretarios de juzgados que firman sentencias de muerte. Ellos ni juzgan ni ejecutan, pero su papel administrativo es indispensable para que una persona acabe siendo asesinada con una inyección letal, fusilada o ahorcada.
Siempre va haber personas dispuestas a interpretar el papel de Pepe Isbert en El verdugo, pero en la vida real. Si no es una persona es otra, pero siempre va a haber alguien dispuesto a realizar el trabajo sucio sin pestañear.
Ayer salía la noticia de que en Pirelli habían despedido a 257 trabajadores. Habían recibido la carta de despido en el momento de entrar a trabajar, de la mano de unos guardias de seguridad contratados para la ocasión. Qué trabajo más penoso, ridículo y, seguramente, mal pagado.
Estos son sólo unos pocos, y quizás anecdóticos, ejemplos de que la sociedad funciona gracias a gente que bien por acción, por omisión o por dinero tiene las manos manchadas de sangre y la conciencia limpia.


