martes, 28 de abril de 2009

La noche de los cristales rotos.

Formaba parte de la facción gris, en un lenguaje postmoderno empresarial era un perfil bajo o, para que podamos entendernos, uno más del montón. ¿Del montón de qué?

El que tu no me sonrieras era tan solo una pequeña muestra de lo que te estoy contando.

La última vez que nos vimos me dije, en voz muy baja, para que tu no me oyeras, “prometo cambiar.” Y el cambio no llegó hasta bastante más tarde cuando, de repente, un día comencé a soñar.

El sueño era algo muy sencillo, simplemente consistía en despojarse de todo y correr libre y respirar hondo y gozar de la desnudez. Y, como se trataba de un sueño, no me quedó otro remedio que hacer caso de sus preceptos: y me despojé de todo y corrí libre y respiré hondo y gozé de mi desnudez.

Abandoné todos los dogmas, dije “bye bye” a Dios… La última vez que le ví estaba tomando un transatlantico, rumbo a América, la tierra de las oportunidades. Marchaba con un buen montón de equipaje, señal de que tenía pensado no volver más por aquí. Ni él ni yo echamos ninguna lágrima.

Me miré en el espejo y cogí una espátula y comencé a rayar su superficie, primero con simples rayones y más tarde con palabras que, poco a poco, fueron juntandose hasta formar frases con algún significado que yo no conocía, pero intuía. Finalmente me di cuenta de que lo de menos eran las palabras, entonces cogí el espejo, arrojándolo contra el suelo al tiempo que gritaba “¡¡jamás volveré a hacer caso de ningún reflejo!!”

Los vecinos de abajo, alertados por el ruido de los cristales rotos y por mi grito, amenazaron con avisar a la policia. Decidí entonces desconfiar de todas aquellas voces que, sin aviso previo, interrumpian la tranquilidad de mis cuatro paredes y, por añadidura, de aquellas que se valían de artefactos amplificados para lanzar sus mensajes.

Salí a la calle, a unos pocos metros me encontré con centenares de personas que hacían cola, se parecían en exceso a mí. Hablaban un idioma que yo apenas conocía, tampoco me molesté mucho por entender. Seguí adelante, sin otra meta que llegar a los confines de la ciudad y adentrarme en los bosques donde había leido, hacía tiempo, que habitaban unos seres cuya única habilidad en la vida consistía en vivir.

Aprendí a caminar erguido. Sembré y recogí. Dejé de perseguir a las sombras y aprendí a amaestrar a las fieras. Muchas veces simplemente bastaba con dar las gracias al sol y al agua para sentirse aliviado.

viernes, 17 de abril de 2009

La sombra.



Para que exista el volúmen es necesario tanto las sombras como la luz. Las sombras están ahí, siempre presentes, aunque pocas veces les prestemos la atención que se merecen. Es más, a la sombra muchas veces se le asocia una idea negativa, provoca temor y rechazo. Se desconfia de las personas que elijen vivir a la sombra. También se emplea la expresión “pasar unos años a la sombra” como sinónimo de cumplir condena en una prisión.
Pero, objetivamente, ¿qué hay de malo en la sombra? Nada, pues sin sombra no podría existir la luz.

No podríamos vivir en un mundo sin sombras: seríamos incapaces de distinguir el contorno de los objetos, chocaríamos continuamente los unos con los otros.

¿A qué se debe, pues, ese temor a la sombra?

Es cierto que las sombras nos intimidan, pero al mismo tiempo nos atraen. Deseamos saber que se puede esconder tras la sombra. Cerciorarnos de que ese miedo hacia lo desconocido, hacia lo que se oculta, es infundado y no obedece a nada objetivo, a nada real.

La sombra provoca incertidumbre, la incertidumbre se opone a la verdad. Y al igual que a la sombra a la incertidumbre también se le presta poca atención. También goza de mala prensa, su compañía es poco aconsejable.

Pero, del mismo modo que acudimos a la sombra cuando el sol nos ciega… ¿Porqué no acudir a la incertidumbre cuando la verdad nos ciegue?

Es tan falso, y tan inhospito, el mundo sin sombras como el conocimiento sin incertidumbre…

La luz, la claridad, nos guía, nos muestra El Camino. Pero en realidad ese Camino no es más que uno de los muchos posibles. Lo mismo ocurre con El Camino de la verdad, si sólo hacemos caso a aquello que se nos muestra como lo verdadero, en realidad lo único que estamos haciendo es quedarnos con una pequeñísima porcion de lo existente. Lo que se muestra a primera vista, es lo más evidente. Pero no siempre la verdad es lo evidente.

La incertidumbre es tan cierta como la certeza.



miércoles, 8 de abril de 2009

Electricity.


Casi diez años después me vuelvo a encontrar con esta frase, entresacada del Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem.

"Ningún problema más importante para mí como el que plantea a lo largo del día la dificultad en inventar una pasión, en realizar un deseo, en construir un sueño como se construye en mi espíritu, por la noche. Mis gestos inacabados me obsesionan y no el porvenir de la raza humana, ni el estado del mundo en el año 2000, ni el futuro condicional, ni los ratones limpiadores de lo abstracto. ¡Si escribo, no es como se suele decir, "para los demás", ni para exorciz
arme de sus fantasmas! Enlazo una palabra con otra para salir del aislamiento, del que será preciso que los otros me saquen. Escribo por impaciencia y con impaciencia. Para vivir sin tiempo muerto. Sólo quiero saber de los demás lo que me concierne. Tienen que cuidarse de mí como yo me cuido de ellos. Nuestro proyecto es común. Está fuera de cuestión que el proyecto común se base en una reducción del individuo. No hay ninguna castración más o menos válida. La violencia apolítica de las jóvenes generaciones, su desprecio por las estanterías a precio único de la cultura, del arte, de la ideología; está confirmada por los hechos: la realización individual será obra del "cada uno para sí" entendido colectivamente. Y de manera radical."

Pura electricidad.

miércoles, 1 de abril de 2009

La letra con sangre entra.


El Estado también enseña a palos.
Cuando un grupo de gente no comprende que toda ley, decreto, plan, medida, etc. que sale de un poder, no se sabe bien cual, tiene por objeto mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, no se sabe bien cómo, es entonces cuando el Estado recurre a la violencia.
Allí donde la propaganda ideológica falla aparecen las fuerzas del orden (político, democrático, capitalista, burgués, usese el adjetivo que más convenga) a poner ídem.
Todo lo anecdótico puede ser discutido, pero hay dos principios elementales que son innegociables: el poder jerarquizado y la propiedad privada. Cualquier movimiento que cuestione esos dos principios será marginado, ridiculizado, caricaturizado, controlado, acusado de terrorismo y, finalmente, aplastado.
La noche se presenta tranquila, aunque los helicópteros sobrevuelen constantemente sobre nuestras cabezas. El mensaje es claro: “No voleis demasiado alto, os estamos vigilando y, en cualquier momento os podemos cortar las alas. No alceis excesivamente la voz, respetad el sueño de los que han elegido vivir dormidos. Vosotros sabeis de nuestras mentiras, pero también de nuestra fuerza. No nos molesteis y no sereis molestados. Sigan el camino, hagan caso de nuestras indicaciones y no exijan más de lo que estamos dispuestos a darles.”