
Hace años que Rouco Varela ya no se masturba. Si puede, incluso evita tocarse el pito cuando tiene que acudir al baño a evacuar. En la ducha apenas enjabona sus partes, cierra con fuerza sus ojos, aprieta sus puños, algunas veces su subconsciente le juega malas pasadas y entonces se imagina en un harén de jóvenes vírgenes que sacian todos sus deseos reprimidos a lo largo de su vida.
En la ducha se enjabona con mezcla de pudor y desprecio, mientras tararea el Te Deum para olvidarse de tan penosa, placentera y necesaria actividad.
Seca su cuerpo mortificado con pequeños golpecitos de toalla, se acaricia una mejilla, se frota el mentón. Rouco se mira al espejo y no ve al hombre que le gustaria ser, aunque su orgullo le impida reconocerlo.
Introduce sus manos despreocupadamente en el armario del lavabo; tantea, busca, pero no encuentra su crema antiarrugas favorita. Se ha terminado. Otra preocupación más a añadir a su larga lista de preocupaciones. El mundo falla hasta en esos pequeños detalles.
“¿habré estado desperdiciando todo mi tiempo?”, se pregunta mientras termina de intruducirse en su capa pluvial antés de acudir a la Eucaristía por las familias cristianas que se celebra este mediodía en la Plaza de Colón.
Rouco reflexiona, siente el deseo de arrojar el alzacuellos a una hoguera:
“Pero no, ya es demasiado tarde para abandonar el barco. Además, ¿precisamente ahora, cuando el mundo más me necesita. Estas dudas que me paralizan, ¡¡oh, Dios!! ¿Porqué me pones a prueba? Si pudiera pactaría hasta con el Diablo para que me devolviera la juventud perdida, para volver a correr por los campos de Villalba y levantar las faldas a las chicas del pueblo.
No, mis feligreses no pueden notarlo, debo parecer firme en mis ideas, como si caminase por encima de sus cabezas con mis zapatos lustrosos; pisándoles suavemente, pero sin que se den cuenta. A falta de una manifestación directa de Dios en la tierra yo soy su más perfecto portavoz aquí en España y, a riesgo de parecer egocéntrico, uno de los más destacados embajadores de Dios en el mundo. Eso creo que lo tengo claro y, sin embargo, cuando me miro al espejo no veo más que un ser imperfecto. Espíritu rodeado de carnes que de tan poco me han servido. ¿Por qué todo está plagado de contradicciones? ¿Qué castigo he cometido para encontrarme encerrado en este cuerpo? Ardo en deseos de acudir pronto, muy pronto, a tu llamado… Pero, ¡¡oh no!! ¿Qué pasaría si, de verdad, tu no existieras? No, eso es imposible, si tu no existieras yo no podría ahora estar hablando contigo, ni te llevaría tan dentro de mi corazón. ¿Y si esa voz que me habla no fuera más que una voz interior?”
“Monseñor”, una voz le interrumpe, “a la línea Kiko Argüello”.
“Buenos días Monseñor”, saluda Kiko, “aquí en Colón está todo listo, la multitud aguarda ansiosa. Practicamente todos los autobuses fletados ya han llegado a la capital, se respira un hermoso ambiente de camaradería y el Señor nos ha bendecido con un brillante sol.”
“Te agradezco todo el esfuerzo Kiko,” Responde Rouco. “Hoy celebraré la Comunión más maravillosa que nadie pueda imaginar.”
Rouco cuelga el teléfono, llevándose en el acto sus dedos índice y anular a la muñeca para tomarse el pulso.
“Hola RooouuuuuCOOOOO” Un lejano eco, recorre toda la infnitud y eternidad espacio-temporal para irse a estampar directamente a los timpanos de Monseñor.
“Hola Señor, ¿Otra vez tu? Por unos segundos había abandonado tu camino, unos segundos que se me han hecho eternos; la llamada de Kiko me ha devuelto rapidamente a tu redil. Pero, bueno, ¿que te voy a contar que tu ya no sepas?”
“Es cierto Rouco, hoy te he notado más pálido y nervioso que en anteriores veces, es normal, ya son más de 70 años aplacando tu fuego interno, ¿no crees que te has ganado el descanso eterno? Yo sí, y he elegido este día para que nos fundamos en el enorme y cálido abrazo que tanto tiempo llevas esperando.”
(Continuará)


