martes, 3 de marzo de 2009

Michel de Montaigne.



Filósofo humanista francés nacido en Burdeos en el año 1533 y fallecido en su castillo el 13 de septiembre de 1592.

De su familia heredó un título y unas propiedades que le permitieron vivir de las rentas. De su amigo Etienne de la Boetie heredó una estupenda biblioteca.

A los 38 años decide olvidarse de los honores y de las preocupaciones mundanas y se encierra en su castillo y dentro de su castillo en una apartada torre, rodeado de libros y de inscripciones en latín. Su único objetivo es filosofar, su única meta conocerse a sí mismo.

En 1580 manda imprimir por primera vez sus ensayos. Una obra heterogénea, pero con un nexo común: la personalidad única de su autor. Una obra extensa, resultado de 10 años de encierro, tiempo suficiente para reflexionar sobre muy diversos temas, en la que fluye con naturalidad el estoicismo, el escepticismo y el epicureismo.

Montaigne se hace popular en vida y es agasajado por papas y reyes. Aunque el escriba a menudo sobre la indiferencia ante los honores mundanos, no rechaza el reconocimiento de su obra. En definitiva, nada de lo humano (vanidad incluida) le es ajeno o, en sus propias palabras, "cada hombre lleva entera la forma de la condición humana".

Muy a su pesar, pues por olgazanería y temple no le resulta de su agrado, es elegido alcalde de su ciudad, Burdeos. Cargo que ocupa hasta que una epidemia de peste le hace huir hacia lugares más seguros con el objetivo de salvaguardar el más preciado bien que poseemos: nuestra propia vida.

Abandona el mundo de los vivos, como ya dije al principio, en 1592, aunque no definitivamente puesto que su ser y su esencia fluyen, a través de los siglos, por medio de sus Ensayos.

Los Ensayos constituyen un continuo escrutinio de su ser. Una obra que puede entenderse, en el peor de los casos, como un ejercicio extremo de egocentrismo. En el mejor de los casos podemos leer los ensayos como la obra de una persona obstinada en la máxima socrática de conocerse a si mismo con el fin de lograr que el ser (uno mismo) y el existir confluyan de la manera más perfecta posible.

Para ello se sirve tanto de su propia experiencia como de un profundo conocimiento de la cultura y de los autores clásicos.

Acepta sin tapujos, y en grado máximo, su condición humana, contentándose con lo que es, reconociendo sus límites.

En definitiva, la aportación más significativa que Montaigne hace a la filosofía y a la historia es poner al hombre en su lugar, sin exaltar, ni denigrar, su figura. Somos, ni más ni menos, lo que somos. Desear ser otra cosa es tan lícito y natural como ingenuo y absurdo.

Imagen tomada de Wallig

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