Formaba parte de la facción gris, en un lenguaje postmoderno empresarial era un perfil bajo o, para que podamos entendernos, uno más del montón. ¿Del montón de qué?
El que tu no me sonrieras era tan solo una pequeña muestra de lo que te estoy contando.
La última vez que nos vimos me dije, en voz muy baja, para que tu no me oyeras, “prometo cambiar.” Y el cambio no llegó hasta bastante más tarde cuando, de repente, un día comencé a soñar.
El sueño era algo muy sencillo, simplemente consistía en despojarse de todo y correr libre y respirar hondo y gozar de la desnudez. Y, como se trataba de un sueño, no me quedó otro remedio que hacer caso de sus preceptos: y me despojé de todo y corrí libre y respiré hondo y gozé de mi desnudez.
Abandoné todos los dogmas, dije “bye bye” a Dios… La última vez que le ví estaba tomando un transatlantico, rumbo a América, la tierra de las oportunidades. Marchaba con un buen montón de equipaje, señal de que tenía pensado no volver más por aquí. Ni él ni yo echamos ninguna lágrima.
Me miré en el espejo y cogí una espátula y comencé a rayar su superficie, primero con simples rayones y más tarde con palabras que, poco a poco, fueron juntandose hasta formar frases con algún significado que yo no conocía, pero intuía. Finalmente me di cuenta de que lo de menos eran las palabras, entonces cogí el espejo, arrojándolo contra el suelo al tiempo que gritaba “¡¡jamás volveré a hacer caso de ningún reflejo!!”
Los vecinos de abajo, alertados por el ruido de los cristales rotos y por mi grito, amenazaron con avisar a la policia. Decidí entonces desconfiar de todas aquellas voces que, sin aviso previo, interrumpian la tranquilidad de mis cuatro paredes y, por añadidura, de aquellas que se valían de artefactos amplificados para lanzar sus mensajes.
Salí a la calle, a unos pocos metros me encontré con centenares de personas que hacían cola, se parecían en exceso a mí. Hablaban un idioma que yo apenas conocía, tampoco me molesté mucho por entender. Seguí adelante, sin otra meta que llegar a los confines de la ciudad y adentrarme en los bosques donde había leido, hacía tiempo, que habitaban unos seres cuya única habilidad en la vida consistía en vivir.
Aprendí a caminar erguido. Sembré y recogí. Dejé de perseguir a las sombras y aprendí a amaestrar a las fieras. Muchas veces simplemente bastaba con dar las gracias al sol y al agua para sentirse aliviado.
martes, 28 de abril de 2009
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