
Para que exista el volúmen es necesario tanto las sombras como la luz. Las sombras están ahí, siempre presentes, aunque pocas veces les prestemos la atención que se merecen. Es más, a la sombra muchas veces se le asocia una idea negativa, provoca temor y rechazo. Se desconfia de las personas que elijen vivir a la sombra. También se emplea la expresión “pasar unos años a la sombra” como sinónimo de cumplir condena en una prisión.
Pero, objetivamente, ¿qué hay de malo en la sombra? Nada, pues sin sombra no podría existir la luz.
No podríamos vivir en un mundo sin sombras: seríamos incapaces de distinguir el contorno de los objetos, chocaríamos continuamente los unos con los otros.
¿A qué se debe, pues, ese temor a la sombra?
Es cierto que las sombras nos intimidan, pero al mismo tiempo nos atraen. Deseamos saber que se puede esconder tras la sombra. Cerciorarnos de que ese miedo hacia lo desconocido, hacia lo que se oculta, es infundado y no obedece a nada objetivo, a nada real.
La sombra provoca incertidumbre, la incertidumbre se opone a la verdad. Y al igual que a la sombra a la incertidumbre también se le presta poca atención. También goza de mala prensa, su compañía es poco aconsejable.
Pero, del mismo modo que acudimos a la sombra cuando el sol nos ciega… ¿Porqué no acudir a la incertidumbre cuando la verdad nos ciegue?
Es tan falso, y tan inhospito, el mundo sin sombras como el conocimiento sin incertidumbre…
La luz, la claridad, nos guía, nos muestra El Camino. Pero en realidad ese Camino no es más que uno de los muchos posibles. Lo mismo ocurre con El Camino de la verdad, si sólo hacemos caso a aquello que se nos muestra como lo verdadero, en realidad lo único que estamos haciendo es quedarnos con una pequeñísima porcion de lo existente. Lo que se muestra a primera vista, es lo más evidente. Pero no siempre la verdad es lo evidente.
La incertidumbre es tan cierta como la certeza.

No hay comentarios:
Publicar un comentario